Por Jorge Luis Urra Maqueira*
No es este el anhelado recinto de arte contemporáneo que reclaman nuestros artistas, pero la pequeña salita de artes visuales que ofrece el Museo de las Artes del Palacio de Ferrer, atina en mostrar un segmento de la producción artística contenida entre las décadas de 1930 y 2000, lo que infiere un largo período que incluye a autores representativos del arte académico, esencialmente graduados de San Alejandro o de la Escuela Nacional de Arte, y autodidactas con una línea naif o experimental.
La exposición “permanente” es parte del reservorio patrimonial y, de cierto modo, una perspectiva del todavía escasamente investigado decurso de las artes visuales locales. Por supuesto, hablo de una historia que rebase lo turístico y profundice en los estilos, las poéticas y regularidades de nuestros mejores hacedores y movimientos, asumida como un proceso, no de la manera fragmentada, descriptiva, ensalzadora y pintoresca con que suele aparecer en publicaciones y tesis de grado.
La exposición “permanente” es parte del reservorio patrimonial y, de cierto modo, una perspectiva del todavía escasamente investigado decurso de las artes visuales locales. Por supuesto, hablo de una historia que rebase lo turístico y profundice en los estilos, las poéticas y regularidades de nuestros mejores hacedores y movimientos, asumida como un proceso, no de la manera fragmentada, descriptiva, ensalzadora y pintoresca con que suele aparecer en publicaciones y tesis de grado.
