Flama y brisa se imbrican en tibia caricia. Nodriza del crepúsculo, la ciudad aguarda el alba y reverencia el mar que la corteja. Simbiosis de océano y resol; génesis de sus epítetos y suntuosidad; especie de sortilegio de esta ribera caribeña... Cienfuegos, la Perla del Sur.

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martes, 29 de noviembre de 2016

Cabalgando con Fidel, para el Comandante en Jefe


   Con esa sensibilidad que emana de su trova amorosa y comprometida, Raúl Torres compuso una hermosa canción de homenaje a Fidel, que fue estrenada este lunes 28 de noviembre en la Mesa Redonda.
   Con arreglos del Maestro Pancho Amat, la trompeta de Yasek Manzano, el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica Nacional y con las voces de Raulito, Eduardo Sosa, Luna Manzanares y Annie Garcés, la canción fue grabada en los Estudios Abdala.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Con el perdón de Darwin


Por Mercedes Caro Nodarse

 
Ilustración: Arí.
En este mundo capaz de desvalorizarse en el día a día, plagado de violencia, indisciplinas sociales y mucho irrespeto hacia el prójimo, ya no sabemos definir si estamos en la época de las cavernas o si se produjo la evolución inversa del hombre a mono, con el perdón de Darwin y su teoría.

  La “¿amistad?” —así entre comillas e interrogantes, porque se convierte en una distorsión social de sus esencias— no puede trastocar la pureza de su inocencia y de sus formas, para subvertir los valores éticos y de sensibilidad comunitarios. Quizá esa es la razón por la cual las personas sientan pavor de hacer valer sus derechos ante aquellos que creen poder hacer “lo que se les da la gana”.

viernes, 3 de junio de 2011

Él también pudo ser Jacques Daguerre

El fotógrafo va como si fuera 
una mano de Dios, un elegido. 
Impávido. Inclemente. No se altera (…).
El fotógrafo sabe que lo espera
la soledad, la risa o el olvido.
Y una mujer con ojos de madera. 
Y un espejo de vidrio envilecido.

Alexis Díaz-Pimienta

Hay calma detrás de sus manos. Una calma que sube hasta los hombros y se acomoda, lúcida, a descansar sobre el pelo. Luego baja por las cejas, e intranquilamente se detiene en el centro del iris. Hay magia encima de sus ojos, debajo de los párpados, delante de la piel. Hay una suerte de caballero andante que hace de sus molinos los gigantes más pródigos, y de su lanza, la más perfecta de las construcciones. Hay misterios repartidos entre sus poros, hay enigmas, seguridades, desaciertos; y después están esas estrellas, en punta sobre la cien, y los cometas, las nubes, las alas de cucarachas, el pedacito de azúcar, la carretera, el café, la colilla de cigarro, el casco, los horizontes…
  Ismael Francisco González Arceo parece un hombre común. Lleva pegado al cuerpo una cámara y varios lentes. Bajo el obturador guarda, disfrazado de sonrisa, el momento exacto; entonces va, sin permiso, a robarse las realidades. Cuando las devuelve, ya nada es igual. Llegó a la fotografía, más que por azar, por un tropezón del destino; y al destino le sangró el dedo pequeño del pie, y le subieron calambres durante el resto del día.
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