El fotógrafo va como si fuera
una mano de Dios, un elegido.
Impávido. Inclemente. No se altera (…).
El fotógrafo sabe que lo espera
la soledad, la risa o el olvido.
Y una mujer con ojos de madera.
Y un espejo de vidrio envilecido.
Alexis Díaz-Pimienta
una mano de Dios, un elegido.
Impávido. Inclemente. No se altera (…).
El fotógrafo sabe que lo espera
la soledad, la risa o el olvido.
Y una mujer con ojos de madera.
Y un espejo de vidrio envilecido.
Alexis Díaz-Pimienta
Ismael Francisco González Arceo parece un hombre común. Lleva pegado al cuerpo una cámara y varios lentes. Bajo el obturador guarda, disfrazado de sonrisa, el momento exacto; entonces va, sin permiso, a robarse las realidades. Cuando las devuelve, ya nada es igual. Llegó a la fotografía, más que por azar, por un tropezón del destino; y al destino le sangró el dedo pequeño del pie, y le subieron calambres durante el resto del día.