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| Flamenco rosado, visitante de la Laguna. |
LAS CARABELAS del almirante Colón habían dejado atrás los cayos del Laberinto de las Doce Leguas en los Jardines de la Reina y toparon con la Ensenada de Jagua. Allí cohabitaban infinitas poblaciones de frutas, algodón hilado, palomas y conejos. Entonces los tripulantes creyeron que aquella gente venía del cielo.
Alude la historia a una primera visita de Colón por estos lares en su segundo viaje a la Isla en 1494, pero los apuntes iniciales del descubrimiento de los peninsulares se remontan al primer bojeo a Cuba por Sebastián de Ocampo, en 1508.
Encontró aquí el conquistador una inmensa bahía capaz de posibilitar riquezas a la vida primitiva. Prendas naturales como abundante fauna y exuberante vegetación devinieron encantos de la cultura aborigen, una cosmogonía que rendía culto al sol, Huión, y a Maroya, la luna, productora del rocío y protectora del amor. Ambos eran padres de sus principales deidades Hamao y Guanaroca.
Alude la historia a una primera visita de Colón por estos lares en su segundo viaje a la Isla en 1494, pero los apuntes iniciales del descubrimiento de los peninsulares se remontan al primer bojeo a Cuba por Sebastián de Ocampo, en 1508.
Encontró aquí el conquistador una inmensa bahía capaz de posibilitar riquezas a la vida primitiva. Prendas naturales como abundante fauna y exuberante vegetación devinieron encantos de la cultura aborigen, una cosmogonía que rendía culto al sol, Huión, y a Maroya, la luna, productora del rocío y protectora del amor. Ambos eran padres de sus principales deidades Hamao y Guanaroca.
