La muerte no varía. En vida, todo parece susceptible al cambio. Pero llegado el momento de fallecer, no existe nada más. La única posibilidad que se abre es el recuerdo. Por eso el hombre teme tanto a la muerte, porque no la entiende, se rehúsa a comprender tal vacío, suyo y ajeno a la vez, que lo obliga a dormir sin remedio. Entonces, pregunta así mismo sobre el hecho, ¿cómo será?; interroga a otros, lo anuncia… Y en las horas de entusiasmo, de necesidad, de fértil creación, viene el sol y lo apaga.
Para José Martí la muerte figuraba un misterio. Digámoslo sin pena. Era para
el héroe, que fue primero hombre, una preocupación constante, un motivo engarzado
a su literatura. Basta asomarnos a la obra legada, para descubrir la dimensión
de cuánto lo embargaba, al punto casi de la obsesión.
Varios de sus versos sencillos traslucen la
agonía del poeta, nos hacen partícipes de un debate intimista que no teme a
esconder el hijo de Leonor y Mariano. Él lo ha dicho: “Me echó el médico al
monte: corrían arroyos, y se cerraban las nubes: escribí versos.
