Quizás
porque la niñez en el campo no me resulta ajena, imagino con facilidad a Arturo Montoto en la espera de que
la tierra se trague la lluvia. Cuando al fin eso ocurre él sale al patio y con
un palo empieza a dibujar las musarañas que tiene en la cabeza, así no más,
nació el artista.
Un
buen día saltó de Pinar del Río a La Habana. Luego siguió a Moscú, mas su retorno a Cuba fue el camino para encontrarse después de
16 años de academias. Hoy, museos importantes exhiben dentro de sus colecciones
permanentes al Montoto creador, ese que pudiera definirse por pintar las frutas
y los objetos con aires sugerentes, escribir de vez en cuando y su cotidiana
obsesión por los títulos.
