Si alguien quisiera la luna y estuviera dispuesto a pagar un
buen dinero, de seguro Teresa* se la habría conseguido. Para ella, su trabajo
era "luchar": desde orbitar en torno a los extranjeros —como parte de
esa desagradable fauna que muchas veces los acompaña— hasta vender todo lo que
resultara en un mínimo de ganancias.
Por eso, cuando más escaseaban los medicamentos en las
farmacias, durante el último año y medio, aproximadamente, su bolso funcionó
como una sucursal ambulante de tales establecimientos. Si una persona buscaba
íntimas, podía comprárselas a Teresa; si algodón, a Teresa; si Triamcinolona, a
Teresa; si Kogrip, igual.
Ahora,
si la intención era drogarse, también ella proveía "ayuda" desde
sitios tan públicos como el parque José Martí. Su oferta incluía Tramadol y
otros medicamentos utilizados con esos fi nes, pues solos, o mezclados,
producen efectos sicoactivos.
