Flama y brisa se imbrican en tibia caricia. Nodriza del crepúsculo, la ciudad aguarda el alba y reverencia el mar que la corteja. Simbiosis de océano y resol; génesis de sus epítetos y suntuosidad; especie de sortilegio de esta ribera caribeña... Cienfuegos, la Perla del Sur.

jueves, 20 de octubre de 2016

Sonando en Cuba: un programa para la familia cubana



Esta segunda temporada de Sonando en Cuba ha caminado de sorpresa en sorpresa y corrigiendo el tiro en lo que salió mal en el programa preliminar. Cada espacio ha ganado con respecto al anterior, lo que ha consolidado su teleaudiencia, una de las mayores, con un buen ingrediente de público joven.

Al margen de las bravatas de los muchachos de David Calzado en las imágenes o del tono de sorna a través del cual se retrata a sus oponentes en No hagan planes, lúdrico video clip de La Charanga Habanera promocionado vía “Lucas” el domingo, en dicho tema se advierte de forma que va de lo subyacente a lo del todo explícito el temor de los timberos ante la progresiva expansión de un género como el reguetón. Tal ritmo -hablemos sin ambages-, no solo genera más dinero; sino, además, en la actualidad es mejor recibido por segmentos considerables del público joven y -dado su primario carácter artístico- resulta fácil de producir sin necesidad de grandes infraestructuras.
  Aunque lo políticamente correcto les impide a soneros, baladistas, exponentes del pop u otros músicos expresar a las claras sus reticencias o aprehensiones ¿infundadas?, lo cierto es que en el medio subsiste cierta pavorosa expectativa de hasta dónde puede llegar la avanzada del fenómeno supranacional y ya varios artistas susurran que va a pasar lo mismo que con el futbol en la tierra de la pelota, si bien no sea muy feliz el símil al tenerse en cuenta la grandeza del balompié y la ordinariez del reguetón. Por si acaso, ciertos músicos, siempre los hay, ya abandonaron lo suyo y se montaron al bote del “tú sabes”.
  Sonando en Cuba viene siendo como una suerte de Protocolo de Kyoto fijado en la Cumbre de la Sensatez para prevenir el aumento de la contaminación sonora, sí; pero sobre todo y por arriba de cualquier elemento, atinada constatación a las nuevas generaciones del infinito caudal de la música cubana. Lo realmente grimoso, lo verdaderamente pavoroso es que estas, en gran medida, no tienen conocimiento de dicho magno arsenal melódico.
  El espacio concebido por Paulo FG  y dirigido por Manolito Ortega contribuye, hasta cierto punto, a restañar tamaña herida, en gestión propositiva cuyo resultado habrá de apreciarse en el tiempo. Los concursantes, sus amigos, novios, familiares jóvenes trenzarán una cadena que propenderá a restablecer vínculos con nuestra identidad raigal sonora. Del proyecto emergerán talentos en capacidad de integrarse al ejército musical de la nación, tan nutrido y con tanta calidad hoy debido a la política cultural de la Revolución y al resultado de la enseñanza artística gratuita, sin parangón en el mundo. Sonando en Cuba no sustituye la labor de ningún eslabón; nada más la complementa.
  El ente, con experiencia en este tipo de materiales, nunca debió interrumpir tales concursos de participación, debido a su función de cantera, para no aludir al alto nivel de audiencia proporcionado al medio. Es cuanto sucede ahora con Sonando en Cuba, programa casi obligado para la familia cubana durante la noche del domingo. Las personas, reunidas frente al televisor en masa (hasta hoy, tal poder de convocatoria lo poseían tan solo grandes eventos deportivos o determinadas telenovelas), realizan pronósticos, advierten calidades, cazan pifias, aprenden a valorar desde el punto de vista estético gracias a cuanto ven y a las opiniones de los mentores. Como dijo Magda González Grau en la pasada emisión, ellos refieren los términos musicales especializados. También brindan nociones de fraseo, armonía, contraste, timbre, vocalización…. Eso le resulta fundamental al público -más al bisoño-, de una nación que encuentra una de sus falencias en la apreciación artística mal enseñada en la actualidad tanto en la primaria como en la secundaria.
  En el aspecto formal destacan a través de la segunda temporada (mucho mejor que la anterior en cada aspecto) la puesta en escena, la dirección artística, solventes, dignas de esta superproducción de RTV Comercial y la TV Cubana.
  Sonando... es un concurso de participación adscripto al constructo audiovisual del reality, con las señas icónicas inherentes a tal manifestación en predominio hoy. Decir lo contrario sería engañarnos. Mas, ojo, esto no es La Banda -al aire ahora por Univisión-; ni hay aquí cabida para esa narrativa habitual de tales producciones, en las cuales privilegian el melodrama (¿alguien ha visto acá algún concursante hablando de que su hermanito murió de cáncer a los dos años o de que su papá asesinado en la calle lo mira desde el cielo¿) o la frivolidad (nadie le ha echado en cara el look a los muchachos ni los ha puesto en ridículo ante millones de personas). 
  En nuestro reality cobra preeminencia, tan solo, la búsqueda del talento y la defensa de la música nacional, sin importar procedencias, razas, belleza física o historias de llanto. Sin transnacionales a la caza, sin deudas con firmas publicitarias. Sin fuegos fatuos o el embeleso con los coachs de La Voz o American Idol. Con verdad, no más. (Julio Martínez Molina)

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