Siempre tuve la impresión de que ellos, los
bailarines, hablan una lengua hasta cierto punto incomprensible por el resto de
los mortales, incapaces de pararse sobre las puntas de los pies, retar a la
gravedad o realizar un assemblé. Comparten
ideas en secreto, mantienen una comunicación clandestina, mas, sí, solo hasta
cierto punto, porque un ballet bien ejecutado seduce al espectador, le
transmite emociones imposibles de traducir mediante palabras.
Hoy compruebo mi instinto: “Cuando yo bailo
me siento en otro mundo, aislado de la gente, libre completamente, con un
lenguaje que entiendo solamente yo. Me siento otra persona e intento dar lo
mejor de mí”, dice David Ricardo García Saiz, un adolescente de 15 años que
alcanzó la mejor nota del país, 96 puntos, en las pruebas de pase de nivel a la Escuela Nacional de Arte, en la
especialidad de Danza. “Eso fue, para mí, lo máximo. Todo mi empeño no fue en
vano. A pesar de los obstáculos, pude mirar hacia adelante.

