Aunque a veces
pareciera desmarcarse de esta, en virtud de sus expansiones genéricas —rock, pop,
blues, funky, rithm & blues— y de la incesante
búsqueda de fórmulas y sonoridades que irrigan/somatizan/enriquecen su trabajo
continuado, Raúl Torres no pudiera explicarse sin la existencia de la trova (la
tradicional y, por supuesto, la nueva).
Él surge de la
sedimentación de una manera de crear, de formas de componer canciones desde la
terneza sentida del lirismo, desde los rescates de naufragios, el sentimiento,
la nítida fe, el ardor de las pulsiones más íntimas y la voluntad de plasmar en
sentimientos las percepciones exteriores de un mundo que es manantial de
inspiración, dicha y tormenta para el trovador: un hombre-esponja que chupa
tanto del frenesí como del dolor, del ruido y la furia, de la dicótoma
singularidad de un ser humano cuya grandeza moral está encerrada en la
paradójica simplicidad física de su existencia.



