Flama y brisa se imbrican en tibia caricia. Nodriza del crepúsculo, la ciudad aguarda el alba y reverencia el mar que la corteja. Simbiosis de océano y resol; génesis de sus epítetos y suntuosidad; especie de sortilegio de esta ribera caribeña... Cienfuegos, la Perla del Sur.

lunes, 14 de abril de 2014

Cienfuegos a 195 años de su fundación (+videos)


Por Mercedes Caro Nodarse


“Cuando a Cienfuegos llegué / y esa ciudad quise verla / la que la llaman la Perla…”
(estribillo de la popular canción de BennyMoré)



  Exhibir al mundo la perspectiva de una ciudad hermosa y protegida por sus habitantes, convoca a cerrar filas en torno a la  imagen que nos une: la de una urbe que se distingue por sus múltiples valores arquitectónicos e histórico–culturales y con suficientes méritos como para incluir su Centro Histórico entre las herencias comunes de la humanidad.

  Así, coqueta y seductora asoma a los ojos de quien la inscribe a diario en la suela de sus zapatos, gastados de tanto andarla, o de aquel viajero que allende los mares, llega hasta ella para dejar sobre sus calles los sudores de sus pasos y ardores turísticos.

  Armonía parece haber sido quien inspiró la construcción de esta ciudad de Cienfuegos, desde que un agrimensor aventurero trazó las calles bajo una vieja majagua hace casi 200 años.

  Las cintas larguísimas de fachadas neoclásicas en su homogeneidad distinguen la antigua Fernandina de Jagua del resto de nuestras ciudades y le confieren un valor arquitectónico único, subestimado a veces por su relativa modernidad.
 
   
  Casas de fachadas estrechas y escondida profundidad de habitaciones y patios forman un conjunto urbano estilísticamente a prueba de eclecticismo. Molduras seudoantiguas, columnas y rejas geométricas, onduladas, sinuosas, vagamente vegetales o de liras insinuadas, parecen sobrevivir ante el influjo industrial de la ciudad cabecera provincial.

  Su Centro Histórico, ubicado en la Península de Majagua, se encuentra conformado por ese mar que lo envuelve por el Norte, Sur y prácticamente por el Oeste, lo que denota una simbiosis permanente de la imagen urbana con el agua, creando así un paisaje que identifica a la ciudad. 

   Por su trazado rectilíneo y geométrico, uniformidad constructiva y estilística, deslumbrante tipología arquitectónica, de finales del siglo XIX y principios del XX, está considerado como un caso excepcional del urbanismo cubano de la pasada centuria.
 
  De manera armoniosa se entrelazan dos siglos de alto valor constructivo: el pasado, con el patrón neoclásico y el presente, con el código ecléctico. Altos valores monumentales poseen edificaciones puntuales como la Santa Iglesia Catedral, el Colegio San Lorenzo, el Palacio Ferrer, el Casino Español, el Teatro Tomás Terry, la Casa de Gobierno (antiguo Ayuntamiento), los palacios Blanco y Goitizolo, la Casa de los Leones y otros, con sus fachadas que trasmiten orden y equilibrio y sus elementos componentes; los cuales al integrarse lo cualifican, denotando majestuosidad y belleza.

  De ahí que desde el 15 de julio del 2005 se inscribiera en la preciada lista de lugares declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, reconocimiento de alcance universal que premia el esplendor, conservación y singular arquitectura de esa zona, que abarca 70 manzanas, entre ellas, la que sirvió de punto de partida para la fundación de la localidad por colonos franceses el 22 de abril de 1819, la única ciudad cubana, que instauraron representantes de la nación gala.
 


Los signos de una fundación


   Fue jueves 22 de abril de 1819 cuando, según cartas de la época porque no existen documentos históricos que den cuenta de ceremonia religiosa o acto oficial alguno, se fundó la Villa Fernandina de Jagua.

  Era muy temprano en la mañana cuando Don Luis De Clouet, vestido de gala y rodeado de colonos ataviados con trajes de fiesta y puestos de rodillas, anunciaba que tomaba posesión de aquellos predios en nombre de S.M. el Rey de España, para fundar el pueblo de Fernandina de Jagua.

  El nombre escogido rendía honores por un lado al Fernando VII, el rey español, por el otro a Jagua, el nombre dado por los aborígenes a esta tierra y su bahía.

  Hasta entonces había permanecido prácticamente despoblada, -sólo se conoció la presencia de Fray Bortalomé de Las Casas quien tuvo su encomienda de indios junto a su amigo Pedro Rentería hacia 1512. Pero el primero de enero de 1819, un caballero emigrado solicita que estos terrenos se convirtieran oficialmente en una posesión más de la colonia española.



El fundador


   Era Don Luis Jean De Clouet de Piettre y Favrot Gautier y Brule, un Caballero de la Real Orden de San Hermenegildo y de la real Orden de Isabel la Católica y Agregado del estado mayor de La Habana.

Con su rango solicita al Capitán general de la isla, Don José María Cienfuegos y Jovellanos y al Intendente de Hacienda, don Alejandro Ramírez, la autorización para fundar una villa junto a la bahía de Jagua.

  El 9 de marzo firmó el contrato que daba fuerza legal a la fundación, pues en 1817 la metrópoli había decretado la “Real Disposición” para “El fomento de la población blanca en la isla”, ahuyentando así los temores de que se repitiera una sublevación negra como la de Haití.

  De tal suerte se dispuso que los colonos serían escogidos entre labradores, artesanos, y antiguos vecinos de la Louisiana, por lo cual la solicitud fue aceptada rápidamente. Concluido el “papeleo”, desde el puerto habanero de Batabanó partió De Clouet con colonos recién llegados de Burdeos.

  Al llegar a la comarca de Jagua, pretendieron fundar el pueblo a orillas del río saladito, pero temerosos de los piratas y corsarios que rondaban las costas, decidieron internarse hasta la península de Majagua.

  Don Agustín de Santa Cruz, quien residía ya en un ingenio llamado Carolina, supo de las intenciones de de Clouet y les recomendó el llamado Embarcadero de Castillas. Definido el sitio, Don Félix Bouyón, alférez de marina, trazó los primeros planos.



El acta



   “Yo, Don Luis De Clouet, Teniente coronel de los Reales Ejércitos., Caballero de las reales Ordenes de San Hermenegildo y de Isabel la Católica, con comisión especial y superior del gobierno (…) para dar principio al establecimiento de la Colonia Fernandina de Xagua. Certifico y declaro haverme posesionado (…) de este punto llamado península de Majagua, después de haver estado ocho días reconociendo sus contornos…”

  Así daba lectura al documento ante los 46 colonos, para dejar oficialmente recogido el acto, que siguió a la tumba y limpia de los contornos del sitio donde se plantaron las primeras ocho tiendas de campaña, alojamiento del fundador y los restantes franceses que había traído de Burdeos y de la colonia de Guárico, en Santo Domingo.

  Todos, decía, estaban en función de engrandecer y enriquecer la que sería desde entonces su única tierra y patria, bajo la Fe, el Trabajo y la Unión, el lema que se comprometían a defender.

  Persignándose rezó el credo y con un hacha de mar dio tres cortes a un arbolito de baría, pronunciando los nombres de Jesús, María y José. Con los fragmentos formó una cruz. Tomó después un par de palomas, soltó a la hembra y sacrificó al macho, separando el cuerpo las alas, que colocó en la cruz ya amarrada que quedaría en la puerta de la tienda que ocupara.

  La tradición oral narra que cuando cada colono tomaba posesión de su casa, realizaba una ceremonia: ponía a quemar tres montoncitos de leña; en el primero quemaba incienso o café; en el segundo azúcar y en el tercero ponía a arder un pescado seco. Luego repetían el ritual de las palomas y con el macho muerto hacían una sopa, primer alimento antes de ocupar la vivienda.

  Las ocho tiendas de campaña se encontraban alrededor de una majagua que estaba en el centro de una sabana, punto de intersección del trazado de unas primeras manzanas, hoy conocidas como San Carlos, Santa Isabel, San Fernando y San Luis.



Tradición presente



  Cada amanecer del 22 de abril, cientos de pobladores de la actual de Cienfuegos, son convocados alrededor de la “Rosa Náutica” que en el Parque José Martí, recuerda el punto exacto de la fundación.

  Durante la “la evocación de la ciudad”, alrededor del sitio original del moderno trazado, que la convirtió en la única villa fundada por franceses, se recuerda a quienes 190 años atrás profetizaron Fe, Trabajo y Unión para una bella ciudad del mar.


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