Por Mercedes CARO
NODARSE Fotos: CEDEÑO
“(…) Yo siempre invitaría a
los panegiristas de la palabra a que prueben a trabajar un solo día con
energía, con fortaleza en la restauración de algo, en la reconstrucción de algo,
a vencer dificultades, a vencer obstáculos, a persuadir, a convencer, alentar
(…)”.
Eusebio Leal Spengler
Incólume, favorecida por el
tiempo se yergue Cienfuegos, una localidad de muchas singularidades. El
ordenado trazado de sus calles y su arquitectura propia del siglo XIX le
confieren un aire único de gran dama, la cual poco a poco recupera el esplendor
perdido por el paso del tiempo y los sinsabores económicos. Tiene a su vez el
encanto de que la naturaleza y lo construido se dan la mano en un diálogo muy
coherente. La simbiosis entre el mar y la ciudad, junto al conjunto de
edificaciones neoclásicas, le adquieren un valor adicional; ahora más, cuando
jóvenes manos insisten en conservar su magnificencia con sus oficios de ángeles.
Quehaceres
olvidados no solo comienzan a resurgir, gracias a los profesores y estudiantes
de la escuela de oficios para la restauración Joseph Tantete Dubruiller,
adjunta a la Oficina
del Conservador de la Ciudad de Cienfuegos (OCCC), sino que ya
devuelven su elegancia a sitios emblemáticos, y salen de su habitual templo de
creación y aprendizaje en la calle Argüelles, entre Santa Isabel y De Clouet,
en pos de los sueños.
